RAÍCES

 

Rolando Díaz

 

Soy un cubano del barrio. De esos que, desde que tuvo uso de razón, escuchó canciones cubanísimas a borbotones que le marcaron la vida para siempre. Dos lugares fueron esenciales para mi y ambos dos cubren la escasa, pero valiosa memoria que tengo de las cosas que viví antes de cumplir los diez años:

La Orquesta Melodías del Cuarenta y La Bodega de mi Tío Mario, en el poblado habanero de Güines. La Orquesta; porque vivía en Luyanó casi frente por frente a la vivienda que habitaba Regino Frontela Fraga, padre de Hiram (mi mejor amigo de infancia) Director-Pianista de la agrupación que ensayaba casi cada día en su amplia sala de la Calle Atarés. El Luyanó que recuerdo me asoma a aquellos barrios cantinfleros o andaluces donde todos se necesitaban y ayudaban, enriquecidos, en nuestro caso, por una rica mezcla racial que aportaban mujeres y hombres blancos, negros, chinos (en qué parte de Cuba no había un chino en el barrio) y hasta algún judío que tenías de vecino.

Escuché tocar una orquesta en vivo casi cada día de mi vida infantil. El envolvente sonido de un piano sonero, el ataque encantado de la flauta, la fuerte definición rítmica de las pailas, y la calidez firme y precisa de los melodiosos violines, me han acompañado siempre. Las emociones que penetran la existencia entre los cero y los diez años, nunca te abandonan. Los que se ponen serios suelen llamarlo “sentido de pertenencia”.

En la bodega de la que era dueño mi Tío Mario, mientras los mayores jugaban cubilete con un vasito de cerveza Hatuey en la mano pegados a la barra de madera, escuché a casi todos mis héroes de infancia, dignos émulos de Supermán. Una Vitrola aparatosa llena de luces sorprendentes, que me recordaba el Nautilus (lo descubrí a los ocho años entre libros de mi Hermano) me acercó a El Benny, Celia, Fernando Álvarez, Tito Gómez, La Aragón y una interminable lista que llenaría infinitas cuartillas.

Por ello, cuando me hice mayor, no podía entender por qué tenía que rechazar a Celia (cosa que nunca hice a pesar de mi entonces condición de revolucionario) ni a Olga Guillot, ni a Bebo Valdés, cuyo resurgir me llenó de buenas vibraciones. Nunca he podido entender por qué debería mutilar una parte esencial de mi manera de ser y entender el mundo.

El barrio, esa zona de experiencia vital que tanto amo, siempre me protegió contra las injusticias. No hay nada como el valor de la amistad, la consideración y la ayuda al prójimo que Chaplin, pero más Cantinflas (en aquellos inolvidables barrios mexicanos reproducidos en Estudios) y sustancialmente mis padres, me proporcionaron.

Por ello duermo tranquilo, acompañado muchas veces por la variable gama sonora de la vitrola de mi Tío Mario dando brinquitos soneros en la cama que, contradictoriamente, me sirven como un diazepam:

«Me voy pa´ Morón, me voy pa` Morón…

Ay me voy para Morón, ay me voy a cumbanchar…»