Fernando Sorrentino

                                                     

 

A los dieciocho años padecí ser empleadillo en cierta compañía de seguros, de cuyo nombre, repitiendo a Cervantes, no quiero acordarme.

El diablo me puso bajo la égida de uno de los hombres más estúpidos que en el mundo han sido. En melancólico jolgorio íntimo, di en fingirme discípulo del señor B para que este ejecutivo —acucioso en su nadería, risible en su severidad— imaginase que yo aspiraba a devenir una persona parecida a él en un futuro venturoso.

La conjunción de su pequeñez física y el vestir siempre los llamados “trajes de saco cruzado” le confería un aspecto de figurita de cartulina, recortada de la revista Billiken.

Se presentaba como “subdirector” de la sección, aunque esa jerarquía sólo existía en su caletre. Con respecto a mí, uno de sus confesados propósitos consistía en “modelar” mi personalidad. Objetivo, declaró con tristeza, que no había podido concretar con “el señor H”, díscolo e insensible empleado cuarentón, cuya testarudez lo tornaba inepto para todo modelaje. En cambio, puesto que yo ni siquiera había alcanzado las dos décadas de vida, el señor B me consideró arcilla apta para ejercer su labor de Pigmalión.

Entre otras exigencias, se hallaba la de trabajar con saco y corbata. Además del pérfido señor H, éramos cuatro empleados: una chica de modales edulcorados, dos muchachos y yo. Siendo nuestra primera incursión en el llamado “mercado laboral”, la dama y los tres caballeros acabábamos de cursar el colegio secundario. A pesar de esta cuasiadolescencia, nos estaba prohibido tratarnos informalmente dentro de la compañía: debíamos utilizar el riguroso usted, como lo requería una atmósfera de aristocracia administrativa. No obstante, una vez puesto un pie en la acera, se hallaba legalizado emplear el infecto pronombre vos y sus formas verbales correspondientes.

Mis tareas distaban de fascinarme. Nada me cuesta declarar que, gracias a las Academias Pitman, yo era, y sigo siendo, un excelente dactilógrafo, al tacto y con los diez dedos. El señor B. solía entregarme una carta de su puño y letra, para que yo, cambiando las señas del destinatario, la copiara, Olivetti mediante, doce o quince veces a fin de enviarla a similar cantidad de “productores de seguros” domiciliados en diversas provincias.

Las epístolas del señor B nunca suscitaron mi envidia.

Su estilo abrevaba en el arcaísmo ceremonioso (muy señor mío), en la zalamería (no escapará a su elevado criterio), en el barroquismo oficinesco (cumplimentar dicho actuado) y en la obsecuencia engorrosa (despídome de usted con mi consideración más distinguida). Poseía sus propias reglas de acentuación escrita (asímismo, capáz, ésto, Luís, mas rapido, cafe o te) y se mostraba generoso y ecuánime con los signos de puntuación, que derramaba al azar entre las palabras del texto.

Mis tareas, aunque en extremo tediosas, resultaban muy sencillas, y un paramecio o una ameba podrían ejecutarlas con éxito consagratorio. Sin embargo, el ideal del señor B (a su manera, un hombre superior) se hallaba en un horizonte lejano: el de alcanzar la citada aristocracia administrativa.

Consecuente con estos principios, el señor B intentó convencerme de que los gerentes y jefes constituían una élite de semidioses, hacia los que yo debía sentir la veneración más profunda. Lo cierto es que ante todos ellos en conjunto, y cada uno en particular, jamás la admiración alteró mi ritmo cardíaco.

Mi fervor religioso no le parecía tan vehemente como exigían las justicias divina y humana. Y, según pude ir notando por las reprimendas a que me sometía a menudo, lo embargaba la desazón de un nuevo fracaso creador: mi personalidad, gemela de la del señor H, continuaba siendo tan reprochable como antes de ingresar en la empresa.

Al igual que don Quijote a Sancho y que Martín Fierro a sus hijos y a Picardía, el señor B consideraba meritorio aconsejarme. De sus consejos recuerdo dos:

1) Señor Sorrentino: dígale “señor” a todo el mundo. 2) Señor Sorrentino: sea humilde.

En cuanto al primero, no veo la necesidad; respecto del segundo, creo que identificaba humilde con sumiso o rastrero o abyecto.

Si el señor B era “subdirector” de la sección, tenía que existir un “director”. Y, en efecto, existía. Sólo que, divinidad al fin, su presencia resultaba más espiritual que física. Ignoro cuáles eran sus funciones fuera de la oficina, pero las presumo importantes e imprescindibles, pues cuando, una vez por semana, hacía “acto de presencia”, el señor B, ante esta epifanía, se desmoronaba en un estado de emoción lindante con la catatonia y la catalepsia.

En tales fastos el director se presentaba en binomio con un hijo suyo, un papanatas de unos treinta años (en mi barrio lo habríamos catalogado de pelotudo alegre), con ojos algo desorbitados. Entre sonoras risotadas, este hombre feliz se lanzaba a bromear estentóreamente con nuestros semidioses menores, a quienes llamaba fariseos, humorístico apóstrofe a los que aquellos respondían con el mote de filisteo: torneo de agudezas que los conducía a un compartido éxtasis intelectual. En la siguiente semana se repetían exactamente la escena, las bromas, las risotadas, hasta alcanzar las proporciones de una tremebunda batahola, reñida, claro está, con la aristocracia administrativa.

A mí no me molestaban en absoluto esas manifestaciones de estulticia; al contrario: me colmaban de maligna felicidad, ya que esa parafernalia de gritos y carcajadas entraba en colisión con los principios aristocrático-administrativos preconizados por el señor B. Y este asistía, impotente y acobardado, encogido y enfurruñado, a esa invasión festiva contra la cual carecía del mínimo poder represor: sólo un insensato ateo podría cometer el sacrilegio de censurar las acciones del hijo del semidiós principal de la sección.

El director vestía siempre traje oscuro y ostentaba un aspecto “digno”, “caballeresco” y “señorial”. Puesto que aquila non capit muscas, era impropio de su mente ocuparse de minucias: en cierta ocasión planteó a la azucarada muchacha el siguiente enigma: “Dígame, señorita, realizado ¿se escribe con ese o con zeta?”. En cuanto pude, abandoné aquel ámbito aristocrático y regresé al mundo plebeyo en que nací y en el que continúo viviendo hasta el día de hoy.