INTIMIDADES

De la amistad al amor de pareja… ¿Funciona?

 

Aloyma Ravelo

 

Una relación amistad/amor ¿Se da a menudo? ¿Qué debe suceder para que una amistad se mantenga y se transforme en amor romántico? ¿El afecto mutuo? ¿El interés? ¿Sintónicos en el carácter y los gustos? ¿Qué caracteriza de manera especial un amor de pareja que se inicia con una auténtica amistad? Veamos los argumentos.

La amistad es una de las relaciones que los seres humanos estimamos más. Con cuanto orgullo se le oye decir a una persona: “Yo tengo muchas amistades.” Sin dudas, las alegrías y las tristezas de nuestras amigas y amigos las compartimos como algo propio.  No dejan de preocuparnos, no dejan de entusiasmarnos. A este vínculo tan necesario para la mayoría de los seres humanos se han referido, en todas las épocas, poetas músicos y filósofos. Sobre tal asunto, una de las teorías más antiguas y conocidas  es la del célebre Aristóteles.

Decía el genial pensador de la antigüedad que existen tres tipos de amistades: de utilidad, de placer y de virtud. Las primeras –refiere– están basadas en nuestra propia necesidad e interés. Son relaciones útiles de las cuales se obtiene algún beneficio. Y, por tanto, funcionan mientras el vínculo que las sostiene se mantenga intacto. Si recordamos la vieja canción de Julio Iglesias, “La vida sigue igual”, veremos que recoge este rasgo en unas de sus estrofas cuando sostiene que, ante el fracaso, solo quedan a nuestro lado los buenos amigos. Y afirma: “Los demás, se van.”

El segundo tipo, la amistad por placer, según el filósofo, está basada en la cantidad de goce y alegría que se recibe de ella, es decir, amigos y amigas que únicamente se reúnen para pasarla bien, compartir fiestas, viajes, paseos, y muchas veces sexo. Por último, el tercer tipo, es aquella que Aristóteles le daba verdadera connotación: Personas que comparten en las buenas y en las malas, que se quieren y están unidas por un vínculo fuerte de lealtad, honestidad y desinterés. Esta amistad de virtud, al decir del eminente pensador, es realmente difícil de hallar en la vida y por ello también sentenciaba: ¡Oh, amigos míos, no hay ningún amigo!

Al margen de tan manifiesto pesimismo, el filósofo comentaba que la amistad de virtud ennoblece a la gente: las personas aprenden a ser buenas. Decía: “Cuando los amigos comparten tiempo juntos, no tardarán en comprender que ven con los mismos ojos, sienten con un mismo corazón y piensan con una misma mente.”

No obstante, la vertiginosa revolución tecnológica que ha cambiado al planeta, de Aristóteles para acá, el humano y la humana siguen necesitando de “ese otro corazón” para hacer de su existencia un lugar más grato en este mundo. Sigue siendo esencialmente cierto el proverbio chino antiquísimo que sentencia: “Si al morir, cuentas con cinco buenos y verdaderos amigos, significa que tuviste una vida hermosa.”

Yo agregaría que si se lograra que alguno de esos buenos amigos o amigas, se convirtiera además en pareja, uniendo sus vidas al nacer el amor, el gozo por vivir juntos, disfrutando el uno del otro, esto es, filosofando en grande, algo similar al Nirvana.

El amor que nace de una profunda y rica amistad es un amor con futuro. Te conoce lo bueno, lo malo, lo regular; maneja tus debilidades y fortalezas. Lo sabe todo o casi todo de ti, y, no obstante, te sigue amando.

Para el antropólogo argentino Ricardo Yepes, la verdadera amistad surge del compañerismo que es compartir una tarea, un deporte, un hobby o un trabajo y ese roce se va profundizando, va echando raíces y fortaleciendo.

Este argumento, que me parece muy válido, puede hacer recordar a quienes me están leyendo ahora mismo, a alguien en especial o a varios de sus amigos y amigas que se han creado al calor de años de estudiar o trabajar juntos y casi, sin darse cuenta, ha nacido una verdadera amistad basada no solo en lo agradable de la compañía sino en el respeto, incluso la admiración y en la extraordinaria confianza. Como dice el antropólogo citado: ¿Qué cosa más dulce que tener con quien te atrevas a hablar como contigo mismo?

Añade el experto que el trabajar juntos sobre los mismos proyectos o metas, suele darse como un caminar hacia un objetivo común, que es el fin de la labor que se comparte. Es lógico que en ese marchar juntos surjan discrepancias. Pero la amistad tiene como características especiales que, durante una discusión dialogada, se puede obtener un enriquecimiento de los propios puntos de vista.  Las divergencias de los amigos y amigas son enriquecedoras para la tarea común; unen y no separan, sirven para transmitir y ganar en experiencias personales.

En el caso de las parejas con una larga data de amistad, son más tolerantes a la hora de enjuiciar al otro o la otra, conocen hasta dónde puede y debe llegar una discusión, y qué asuntos deben tocarse con extrema delicadeza.

Estas parejas huyen de herir, burlarse o perderse en la deslealtad.

La amistad tarda en crecer, necesita tiempo. Como toda relación de amor, mientras más añeja, más profunda y necesaria. Y es que pasado años, somos capaces de no tener que fingir, de ser tal cual somos. De abrir nuestro mundo interior y mostrarnos sin tapujos ni poses. Si esta apertura no se llega a dar –porque no se quiere o no se sabe– la amistad nunca deja de ser superficial y a veces se deja de creer en ella.

AMISTAD SIN PRECIO

¿Qué condiciones son mínimas para que realmente se pueda hablar de amistad?  ¿Cuáles elementos debíamos considerar como indispensables? ¿El afecto mutuo? ¿El amor desinteresado? ¿Qué es realmente lo que caracteriza de manera especial y lo que define mejor la esencia de este tipo privilegiado de relación?

Según los expertos, esa condición –que la diferencia de otros tipos de relaciones humanas– es precisamente la libertad. No existe amistad sin libertad. Somos libres de escoger nuestras amistades, cosa que no ocurre, por ejemplo, con la familia consanguínea y en muchas ocasiones, con la selección de la pareja para el matrimonio. Conocemos ese famoso proverbio muy real que dictamina: “El amor y el interés fueron al campo un día, y más pudo el interés que el amor que te tenía.”

Tener amigos y amigas no solo anima el alma y estimula el corazón. Cada vez más, las investigaciones y estudios confirman sus efectos benévolos sobre la salud. Activa nuevas áreas del cerebro, y libera sustancias hormonales que favorecen la relajación y el bienestar. Nos hace crecer y madurar ayudando a forjar nuestra personalidad y nuestras relaciones sociales con quienes nos rodean.

Un profundo sentimiento de amistad moviliza zonas muy particulares, generalmente infrautilizadas en el cerebro, que secretan una mezcla especial de sustancias bioquímicas, benefactoras para la salud. La colaboración el intercambio, el reconocimiento del otro o la otra, cierran el paso a la agresividad, la desconfianza o el recelo.

El apoyo emocional que conlleva toda amistad y la alegría compartida, activan el sistema inmunológico. Algo así también pasa con el estado de enamoramiento, ese estar en seducción, como arrullados por la vida, cambia de modo drástico la percepción de las cosas y nuestro estado de ánimo.

E ahí entonces el supremo valor de amistad/ romance, amistad/ pareja, amistad/ amor…

Hay quienes aún afirman en estos casos que el amor romántico sólo nace de una fuerte química al conocerse, mirarse, desnudarse con la vista o tener placer sexual. Puede ser pero no siempre es así.  Los viejos amigos se van enamorando uno del otro de a poco. El erotismo viene a ser entonces un nuevo eslabón esencial en esta suerte de crecimiento como pareja.

La dicha de dos es mucho más acertada y segura cuando se conocen bien y los engaños o poses, no forman parte de un entramado que sobre todo se basa en la sinceridad, lealtad, el deseo de estar juntos y esa amistad que los lleva a ser amigos/ amantes.