To coffee or not to coffee

 

Obdulio Duparol

 

Los cubanos de la Isla y la Diáspora pueden discrepar, diferir, disentir y hasta pedirse la cabeza apasionadamente sobre un millón de temas, pero hay uno en que el 99.99% coincide tenaz y absolutamente: no hay otra manera de hacer café que no sea la cubana. Y el que no lo haga así, no tiene la menor idea de cómo se cuela el mal llamado néctar negro de los dioses blancos.

La infusión deberá prepararse de acuerdo con un canon que data del siglo XVIII, cuando el aromático grano se introdujo en la isla. No voy a dar la receta, pero baste saber que, de acuerdo con los eruditos isleños, la palabra café es un acrónimo formado por las iniciales que lo definen, o sea, Caliente, Amargo, Fuerte y Escaso. Si no es de esa forma, el líquido resultante será agua de chirre (o agüechirre) un brebaje soso, insípido, indigno de ser consumido por un cubano de ley.

De acuerdo con ese patrón, el café americano es una pócima de pésimo gusto, mucho peor que el agua de trapear el piso. Y las diferentes versiones nacionales de la infusión no corren mejor suerte, que conste. Ni siquiera el muy famoso tinto colombiano escapa a la acerba crítica isleña.

Así las cosas, la manera más grave de insultar a un compatriota es invitarlo a un café que no sea 100% cubano. Eso puede dar al traste con una amistad de años, que fue lo que casi me pasó con mi amigo Eustaquio. Un día se me ocurrió invitarlo a un café americano, porque se me había acabado el cubano que le brindo a las visitas, y se enojó de tal manera que no me dirigió la palabra en seis meses. Tuve que rogarle que me perdonara por semejante sacrilegio. Al fin lo hizo, pero no sin antes hacerme jurar que la afrenta no se repetiría jamás.

Como habrán adivinado a estas alturas, yo soy bastante ecléctico en mis gustos cafeteros. Pertenezco al selecto 0.01% que puede empezar el día sin una tacita de la infusión caliente-amarga-fuerte-escasa. No se lo digan a nadie, pero la mayoría de las veces desayuno con… té. ¡Hasta ahí llega mi audacia!

Pero por favor, que no salga de aquí. Si Eustaquio se entera, pide al Vaticano que me excomulguen sin miramiento alguno.

Por sacrílego.