Hemingway en cuatro, con mojito

 

Obdulio Duparol

UNO
Hace rato que vengo pensando cómo reaccionarían algunos personajes célebres ya fallecidos con respecto al muy debatido tema de las armas de fuego. Tomemos el caso de Ernest Hemingway. Es bien conocido que al hombre le encantaba cazar tigres, leones, búfalos, Faulkners… Bueno, nunca llegó a cazar ningún escritor sureño, pero le hubiera encantado. La pregunta que me devana los sesos es: si Hemingway viviera en estos tiempos, ¿estaría a favor o en contra de la segunda enmienda? No sé, aunque creo que una de sus novelas más famosas responde mi pregunta. Por algo se llama Adiós a las armas, ¿no?

DOS
Cualquiera que haya visitado la casa museo del escritor en las afueras de La Habana, sabe que el hombre tenía libros por todas partes. Hasta en el baño. Uno se puede imaginar al buen Ernest sentado en su trono, absorto leyendo La Guerra y la Paz o Huckleberry Finn mientras… bueno, eso. Hace rato que vengo preguntándome también: en estos tiempos tecnológicos, ¿usaría libros de verdad o un smartphone? ¿Una tableta, quizás? ¿Se tomaría una tableta laxante antes de comenzar a leer? No sé. Habría que contactar a su espíritu. ¡Y eso me da un miedo que pa-qué-les-cuento?

TRES
Anoche, poco después de acostarme, sentí un ruido en la sala y, valiente que soy, le dije a Mayeya: “Ve a ver qué pasa allá afuera”. Pero mi esposa ya estaba dormida y no me quedó más remedio que salir yo mismo a enfrentar el peligro. La gran sorpresa fue que no era un ladrón, como imaginaba, sino un fantasma, el de Hemingway. Me quedé con la boca abierta y, antes de intentar cerrarla, el espectro me habló:

—Deja de andar preguntando si yo leería libros de verdad o electrónicos en estos tiempos. El asunto no es cómo leer, sino leer, punto. Y, en cuanto a las armas, yo jamás usaría un fusil semiautomático para cazar. ¡Eso no tiene gracia! Así cualquiera mata hasta un elefante. La verdad es que, hoy por hoy, yo no cazaría ni un pato. Sería ecologista. Espero que con eso haya respondido tus estúpidas preguntas.

Y con la misma, el fantasma (¡puff!) desapareció.

Intenté contarle el incidente a Mayeya cuando regresé al lecho, pero se molestó porque la desperté. Me dijo: “Si no tienes sueño, vete a leer un libro… uno de esos de Hemingway que tanto te gustan. ¡Y no se te ocurra volver a despertarme por tonterías!”.
Salí del cuarto y me puse a leer una novela de… Faulkner. Hasta que el sueño me venció.

CUATRO
Prometo no preguntar nada más sobre Hemingway. Y, por si acaso, me voy a tomar un mojito a su memoria ahora mismo.

No quiero más sustos.