Yolanda Ferrera Sosa

 

El humorismo en Cuba tiene una historia tan remota, que se adentra en los propios orígenes de lo criollo. La chispa burlona de los nacidos en la Isla es reconocida allende las fronteras y ni que hablar de quienes la asumieron como arte felizmente, para llenar capítulos enteros en la extensa historia de la cultura en la Mayor de las Antillas.

No puede hablarse de humorismo en Cuba, sin mencionar al género bufo, que llenó toda una época en la escena nacional, básicamente en La Habana y Santiago de Cuba.

La historia de los Bufos Habaneros tuvo en el siglo XIX su punto de partida en el teatro Villanueva. No obstante, desde mucho antes, la capital había recibido obras precursoras de ese género, procedentes de España e Italia… pero lo realizado en nuestro país era totalmente diferente.

El gracejo cubano… la rapidez de pensamientos y acciones… el reírse hasta de sus propios problemas… la burla que –a veces- linda con lo ofensivo… todo ello salpicado con el ingenio aplicado a las relaciones amorosas: de todo hay en el teatro bufo cultivado en la nación antillana.

En muy corto tiempo se impusieron estos artistas en el gusto de los destinatarios desde salas como Villanueva y Cervantes, desde el año 1868. La concurrencia de la música y el baile, del humor en la particular forma del choteo cubano, la preponderancia del intérprete y su especial relación con el público fueron los elementos que caracterizaron a esta expresión teatral.

Tal expresión era también espejo de los sentimientos nacionales, para así convertirse en vocero de las ansias independentistas del pueblo cubano. Tanto fue así, que las autoridades españolas cerraron durante un tiempo el Cervantes y reprimieron las manifestaciones emanadas del teatro bufo.

El Molino Rojo, el Martí, el Alhambra fueron escenarios donde –en el pasado siglo- brillaron artistas como Arquímedes Pous, creador de uno de los personajes más pintorescos: el pícaro negrito, siempre tratando –y logrando- de burlar al gallego y de enamorar a la bella mulata.

Era la expresión escénica de la manera de ser del cubano, la cual forma parte de nuestra idiosincrasia, expresada con sabiduría, creatividad y simpatía por aquellos artistas que hicieron del bufo un ejemplo de excelente humorismo.